Aprende español

De Salamanca a Barcelona

Cuando salí de Salamanca para venirme al descanso de esta isla de Mallorca, empezaba a volverse a agitar el problema de Cataluña, y en general, el regionalista. La guerra europea, en que se pelea por y contra el derecho de las pequeñas nacionalidades, por y contra la personalidad colectiva de los pueblos, ha vuelto a encender ese viejo problema, que es el mismo del federalismo contra el unitarismo. Sin que esto quiera decir que los federales sean más respetuosos que los unitarios para con esas personalidades colectivas.

Cambó, el leader del catalanismo, ha vuelto a suscitar ese viejo problema español al discutirse el mensaje de la Corona y lo ha suscitado a favor del ambiente político-moral creado por la guerra. Y ahora se ve a no pocos de los que en España se pronuncian por los derechos a la personalidad más plena posible de las pequeñas naciones... extranjeras, revolverse contra las aspiraciones catalanistas. Conozco rabioso germanófilo que no hace sino despotricar contra Inglaterra por la tiranía que, según él dice, ejerce ella contra Irlanda--tiranía que no sabe decir en qué consiste, y es natural que no lo sepa--y ese mismo sujeto despotrica igualmente contra Cataluña y los catalanes. «¡Ahora se les iba a ocurrir suscitar esto, cuando debemos estar todos más unidos!». «Pero, ¿con qué unión?», se le pregunta, y entonces pasa a hablar del supuesto martirio de Irlanda. Y si se le recuerda a tal propósito Cataluña, no más tiranizada por España que lo está Irlanda por el imperio británico, exclama que el caso no es el mismo. Indudablemente, no hay dos casos que sean lo mismo. Y Cataluña no es una nacionalidad oprimida, como no lo es hoy Irlanda. Y la personalidad a que aspira no es nada que se la pueda dar España ni es de orden político ni legal. Como que en rigor lo que pide no es libertad, sino protección del Estado para defender esa personalidad regional, a expensas de otra más alta y más noble y más fecunda.

Pasé por Madrid rápidamente, haciendo allí no más que una noche. No me place la Corte y menos cuando no tengo nada definido y concreto que hacer en ella. ¡Vive allí la gente tan aislada! ¡Es tan difícil encontrar reunidas a aquella media docena de personas con quienes uno desea conversar! ¡Hiede tanto por dondequiera a emanaciones de politiquería picaresca!

Tomé el tren a Barcelona, adonde hacía ocho años que fuí la última vez. Atravesamos las tierras trágicas de la sobremeseta aragonesa, las tierras de hacia Medinaceli, de las que me decía un francés que parecen de un paisaje planetario, lunar. Hacia Sigüenza hay unas tierras tristes, pero bellas. Verdad es que yo no he encontrado todavía paisaje feo ni comprendo cómo hay quien lo encuentre. Como no comprendo que se confunda lo triste con lo feo. Hay tierras tristes, tristísimas, desoladas, saháricas, esteparias, pero muy hermosas, solemnemente hermosas. Y esas tierras trágicas de hacia Sigüenza, esas tierras que parecen leprosas, son bellas también. Se ven barrancas con una vegetación bravía. Y mucho más adelante las hoces del Jalón, ya en tierra aragonesa. Esta región, entre las provincias de Soria, Zaragoza y Guadalajara, es la tierra del viejo poema del Cid, del Romanz de Mio Cid, y de ella, como de nuestro mar, antiguo documento poético de lengua castellana, se exhala olor de antigüedad remotísima. Encuéntrase uno entre el corazón de la patria unificada.

El paisaje del bajo Aragón, del Aragón ribereño, es más robusto y más seco que el de Castilla, y es más desolado. El color de la tierra es más hosco. Se ponía el sol cuando entrábamos en Cataluña, orillas del río Ebro. Y era solemne, al anochecer, el cristal plateado del río padre reflejando el plata del cielo del día moribundo. Una inmensa paz se exhalaba del ámbito.

Ha sido la quinta vez que he pasado por Zaragoza, viendo desde el tren destacarse sus torres. Una de esas cinco veces llegué a hacer noche en la fonda de la estación de la capital aragonesa, pero sin bajar a la ciudad. Y no bien por qué a , que he recorrido casi toda España, he visitado 30 de las 49 capitales de sus provincias y muchas otras ciudades y villas, algunas--como Mérida, Alcalá de Henares, Balaguer y Cartagena--de provincias cuyas capitales no conozco, no me ha tentado nunca el detenerme en Aragón y menos el visitar Zaragoza. Algún día intentaré darme cuenta de esta indiferencia. Por hoy me basta saber que me molesta tanto en que se quiera simbolizar a España en un baturro aragonés como el que se quiera simbolizarla en un majo andaluz.

Y es, sin embargo, curioso que siendo Aragón el eslabón entre Castilla y Cataluña, habiendo formado con ésta una unidad política y tenido ambos pueblos, el aragonés y el catalán, una larga historia común cuya principal hazaña fué la expedición a Grecia, sea hoy tan frecuente observar que los castellanos oponen los aragoneses a los catalanes y que sea en gran parte Zaragoza el antemural del anticatalanismo en España. Y es muy frecuente que se presente a Zaragoza como el hogar y algo así a modo del corazón del unitarismo patriótico español.

Ya en tierra catalana, empiezo a oir hablar catalán en el tren, pero no el catalán literario que vengo leyendo hace ya bastantes años. Es el catalán vulgar, conversacional o coloquial, el vivo, todo él salpicado de ¡buenos!--como interjección, o más bien, como muletilla ilativa, el catalán dice: ¡bueno! y no «»--que a las veces se parece no poco al que en Barcelona llaman «parlá municipal» o «parlá chanchez».

Eso de que los catalanes se complazcan en hablar en su lengua cuando hay delante castellanos que no la entienden, por molestar a éstos, es una de tantas tonterías como ha inventado la quisquillosidad recelosa del castellano. De todo se le puede culpar al catalán menos de tales descortesías premeditadas y malintencionadas. Lo insoportable suele ser la presunción del castellano que se empeña en que hasta los desconocidos hablen delante de él de manera que lo entienda, y que al punto sale con la grosería aquella de: «¡Hable usted en cristiano, hombre de Dios!». Y cuidado que no soy sospechoso por ser de los que creen que al fin y al cabo se unificará el lenguaje en toda España y que no se debe dar validez oficial a otro que no sea el idioma nacional castellano. Los demás que se defiendan como puedan, pero sin protección oficial alguna del Estado. Cuando, hace pocos años, se dirigió el alcalde de Barcelona en catalán a S. M. el Rey, saludándole en nombre de los naturales de la ciudad, fuí quien más alto y fuerte protestó contra ello, sosteniendo que el alcalde representa a los vecinos y no a los naturales, que aquéllos pueden no ser catalanes ni saber el catalán, y que el alcalde mismo puede no saberlo, pero que no hay vecino alguno de Barcelona que ignore el castellano. La distinción entre vecinos naturales y vecinos no naturales, siendo unos y otros ciudadanos españoles, es un principio de incivilidad.

Pero el problema catalán de la lengua está maleado y envenenado por la obstinación de los castellanos de no enterarse bien de él. Los catalanes transigirían con que se les negase lo que piden si se hiciese sabiéndose lo que se hace, si los castellanos partidarios de la unificación de la lengua se enterasen bien de lo que la lengua y la literatura catalanas son y significan. Soy de los que creen, y más de una vez lo he dicho, que ningún español culto debe tener que acudir a traducciones del catalán y del portugués.

Ved lo que ocurre con eso del término «dialecto». Técnica y estrictamente, la voz dialecto nada tiene de despectivo. Dialecto es una lengua conversacional, de diálogo, hablada y sin cultivo literario escrito. El catalán mismo, lengua literaria del siglo XV, pasó a ser dialecto en los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta el renacimiento del siglo XIX. Y el provenzal, que tuvo una riquísima literatura, no es hoy más que un conjunto de dialectos, y eso a pesar de la lengua de Mistral, aquella en que escribió Mireyo, que es, más aún que literaria, erudita. Pero hay quienes al llamar al catalán dialecto, lo hacen como queriendo hacerle de menos y, sobre todo, dando a entender que sea un dialecto del idioma castellano. Y hasta he encontrado castellanos para creer que el catalán es una mezcla, una especie de híbrido de castellano y francés, disparate tan mayúsculo como sería el de creer que el murciélago es un híbrido de ave y de ratón.

Llegué a Barcelona, donde me quedé un día, hasta tomar el vapor que había de traerme a Mallorca.

Visité en Barcelona la catedral, a la que tengo una especial devoción artística. Tiene algo de misterioso aquella catedral que parece hecha de sombras espesadas. Y en una ciudad tan abierta, tan riente, tan luminosa como es Barcelona, su catedral ofrece un singular rincón de sosiego y retiro a la sombra.

Lleváronme mis amigos a ver el Institut d'Etudis Catalans, principal obra de la Mancomunidad Catalana. La cual ha enderezado sus esfuerzos, más que a obras de utilidad práctica inmediata, a lo que podríamos llamar obra de ingeniería, a obras de cultura. Es siempre la preocupación de sostener y acrecentar la personalidad espiritual del pueblo catalán. Y en ello se ve cuán errados andaban los que aquí, en España, no veían en el catalanismo otra cosa que cuestión de negocio, de aranceles de aduana y de hegemonía industrial. No; había más, mucho más que eso y más íntimo. Es un gravísimo error el de creer que los que se distinguen en el negocio sólo piensan en él, y creo poder decir que hoy es acaso Castilla mucho más practicista o, si se quiere, mucho más materialista que Cataluña. La idealidad castellana es hoy, en su mayor parte, un mito. Hase refugiado en una especie de patriotería palabrera, vacía de todo contenido fecundo y eficaz. A los esfuerzos de Cataluña por crearse una cultura propia no ha sabido responder el resto de España con una cultura española. Y ello se ve, entre otras cosas, en el escaso o más bien nulo interés que en la España central despiertan las cosas catalanas, las portuguesas y las hispano-americanas. Quieren, , esos españoles que podríamos llamar centrales, que se les estudie para conocerlos y que no se les desfigure; pero ellos, por su parte, no se mueven a conocer a los demás.

El Instituto de Estudios Catalanes, establecido en el palacio de la Diputación de Barcelona, es, sin duda, una institución benemérita y sostenida con largueza y hasta con lujo. Su biblioteca es excelente y en ella está el catálogo a disposición de los lectores, que pueden, además, coger por mismos los libros--y hasta cuatro, creo, de una vez--para volverlos luego a dejar en su sitio. El caudal de libros es escogido. Acaso demasiado escogido. Y al decir esto quiero decir que se ha atendido a que el visitante, sobre todo si es forastero, se encuentre con que no faltan ciertas obras de mérito, pero muy especiales, a expensas, seguramente, de otras más corrientes y de uso más frecuente. Hay allí no poco de pedantería aristocrática.

Es el defecto general de casi todo lo que se hace en Barcelona. Hácese, en gran parte, para la galería, para asombrar al forastero, para dar muestras, siquiera aparentes, de cultura. Ante todo la fachada, aunque la solidez del edificio se resienta. No es sólo que las publicaciones del Instituto de Estudios Catalanes carezcan de popularidad, es que se ve en ellas un prurito de establecer comparaciones. Hay una traducción de un poema griego muy de segundo orden. Hero y Leandro, con cuatro, ¡nada menos que cuatro! traducciones catalanas, una en prosa y tres en verso. Es como para decirnos: «¡vean ustedes si hay helenistas en Cataluña!». ¡Y si las cuatro traducciones fueran buenas!... Hay una edición de las Vidas, de Cornelio Nepote, con tres traducciones: en catalán, en portugués y castellano, y esto que es el colmo de la pedantería y de una pedantería ridículamente infantil. ¿A qué conduce poner una traducción portuguesa junto a una castellana y ésta junto a una catalana? Como no sea a querer mostrar que se pone al catalán al igual de las dos lenguas oficiales de la Península, no veo bien a qué más.

El empeño es hacernos ver que la obra cultural de la Mancomunidad Catalana empieza por lo que se llama los altos estudios--como si los otros fuesen bajos--y que desdeña la labor de popularizar las ciencias y las artes más elementales. Hay en la obra cultural de la Mancomunidad Catalana un cierto dejo a señoritismo, a aristocratismo pedantesco y en el fondo a artificio y a insinceridad.

El Consejo de Pedagogía de la Diputación de Barcelona ha empezado a publicar, bajo el titulo de Minerva, una que llama colección popular de los conocimientos indispensables. Van publicados tres volúmenes, a 35 céntimos cada uno, y son, además de un resumen de geografía de Europa, un tratadito de oceanografía y unas nociones de liturgia cristiana. Y a cualquiera se le ocurre pensar que la liturgia católica--no precisamente cristiana como reza el librito--no entra entre los conocimientos indispensables. En Cataluña, lo mismo que en el resto del mundo, puede un hombre culto dispensarse muy bien de conocer la liturgia de la iglesia católica apostólica romana. ¿Será ello por concesión al elemento católico, ya que la obra del catalanismo se guarda muy mucho de cualquier veleidad heterodoxa? Algo habrá de esto, pero creo que hay también no poco de afición a la liturgia por la liturgia misma. Y más bien que afición, afectación a ella. Es la pedantería del formalismo.

Todo lo formal, lo puramente formal, lo litúrgico, adquiere un gran valor en Barcelona. En la Barcelona catalana, por supuesto. Porque hay otra, la de los que llaman algunos ahora allí los «metecos», la del elemento forastero. Al cual se unen no pocas veces, y ello es muy lógico, aquellos elementos indígenas populares, genuinamente catalanes, a los que les interesan otras cosas que no son la liturgia ni la oceanografía y luchan por reivindicaciones sociales. Y estos elementos han de percatarse de que la obra cultural de la Mancomunidad, por muy litúrgica y muy europea que sea, es una obra, no ya conservadora, sino reaccionaria. Y algo peor, una obra de señoritismo y de afectación aristocrática.

Hay que confesar que en la obra cultural del catalanismo se sacrifica la realidad a la apariencia y la solidez a la brillantez. Y en el fondo hay aquello de querer hacerlo mejor que en Madrid. A pesar de lo cual me parece que los trabajos de los centros de investigación científica dependientes de la Junta de Ampliación de Estudios de Madrid son mucho más sólidos que los del Instituto de Estudios Catalanes. El pequeño grupo de espíritus abnegados que se dedica en Madrid a la investigación científica, hace las cosas con más modestia, con más sencillez, con más recogimiento que lo hace el pequeño grupo de Barcelona, pero las hace mejor. Se cuida más de hacer que de hacer que hace. Y es que el castellano, o si se quiere, el español central, no es tan fachendoso como el catalán. No tiene delante el famoso mar latino como un enorme espejo que le mueva a acicalarse. Al castellano le ha preocupado siempre la mística más que la liturgia.

Siento un profundo cariño por Cataluña y lo he demostrado estudiando sus cosas, y sobre todo, su lengua y su literatura, pero no puedo menos que confesar que el barcelonismo--más bien que catalanismo--tiene un muy marcado sello de infantilidad. Nadie acaso ha caracterizado mejor a Barcelona que uno de sus más ilustres hijos, uno de los que mejor la conocieron y amaron, un hombre singular, Juan Maragall. Los que conozcáis el catalán no tenéis sino leer en sus poesías la Oda nova a Barcelona. Allí está retratada de mano maestra la ciudad fachendosa y «fachadosa», alegre y voluble, ligera y pomposa.

Lo que hay es que, afortunadamente, la Ciudad, así, con letra mayúscula, o sea Barcelona, no es toda Cataluña; lo que hay es que junto a esa Cataluña costera, que se mira en el mar latino, a la que unos tienen por griega y otros por fenicia de espíritu, hay la Cataluña montañesa, pirenaica, almogávar, y la de las tierras de pan llevar o de vides y olivos, hermana de Aragón y no muy diferente de Castilla. Porque no hay nada más engañoso que la unidad espiritual de Cataluña. Ni siquiera la lengua, el catalán, está unificado ni mucho menos. Y hay formidables regionalismos internos dentro del regionalismo catalán. Cataluña es menos una que lo son Galicia o Vasconia. Hay más diferencias íntimas, y hasta disensiones, entre los catalanes que entre los gallegos o los vascongados.

Lo peor de la dirección que se le va dando a la obra cultural de estudios catalanes es que, no si por señoritismo o por algo aún más turbio, parece como si se quisiera apartar la vista de los problemas más útiles en Cataluña, que son los económico-sociales. Ese Instituto debería ser algo como el Instituto de Reformas Sociales de Madrid. En la colección «Minerva», donde se ha publicado el tratadito de liturgia, se anuncia un resumen de arqueología cristiana, una historia de la música, una introducción a la filosofía, pero de estudios económicos, que son conocimientos más indispensables que el de la liturgia, no se ve anunciado más que un libro sobre las doctrinas socialistas contemporáneas, libro que podrá muy bien ser tendencioso y de carácter defensivo. Defensivo del tremendo conservadurismo, muchas veces reaccionarismo burgués, que palpita en el fondo del barcelonismo del Instituto.

Diríase que el pueblo que sufrió la semana trágica se apercibe a domesticar a la fiera. ¿El pueblo? Pero es que el pueblo no sufrió entonces, fueron ciertas clases señoriles. ¿Sufrieron? Tampoco, en rigor no sufrieron nada. Aquello, como tantas otras cosas de Barcelona, fué más ruido que otra cosa. Ruido y carnavalada. Y tuvo más, mucho más de cómico que no de trágico. Fué acaso en el fondo una liturgia, liturgia plebeya que se vengaba de otra. Una liturgia que quemó conventos contra otra que quema incienso, ya que hoy no puede quemar herejes.

Mucho puede y debe aprender de Cataluña el resto de España, y hasta de lo que aquélla tiene de aparencialidad, de fachenda, de exterioridad, y, más hondamente, de sentido artístico. Es acaso en estética en lo que Cataluña sobrepuja a lo demás de España, en estética más que en industriosidad. Y eso a pesar de habernos dado esas fiestas de los Juegos florales, que es lo más antiestético que conozco, y ello por abuso de liturgia. Aunque en Galicia pretendan que fueron ellos los iniciadores de tales fiestas. Y es muy posible, porque a festivos ganan los gallegos a los catalanes, con serlo éstos tanto. Mucho puede y debe aprender de Cataluña el resto de España, pero también de ésta puede y debe aprender mucho Cataluña. Y lo saben los catalanes, que conocen la verdadera Castilla, esa tierra seria y grave, siempre compuesta y tan poco preocupada del aparentar.

Es nuestro problema político nacional éste de la concordia entre las diversas índoles de los pueblos que integran a España.

Manacor (Mallorca), junio de 1916.