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En la calma de Mallorca

Apenas terminadas las tareas del curso, me vine a esta bendita tierra de Mallorca--una de las pocas de España que no conocía--a descansar un poco. La «roqueta», que es el término de cariño con que llaman a la isla sus naturales, siempre añoradizos de ella cuando ausentes, parece el rincón de mundo más apropiado para el descanso. No sin razón Santiago Rusiñol, que le profesa especialísimo amor, la llamó «la isla de la calma». En esta isla, en efecto, que es una roca pulverizada en su sobrehaz--los caminos están todos cubiertos de un polvo blanco, así como el de la Gran Canaria, otra isla polvorienta, es negro--en esta isla, que se alza como un retiro en medio del mar latino, se respira calma.

¡Hermosa tierra para envejecer despacio!; y es de hecho la parte de España, esta España insular, en que a más altas edades se llega. Es donde más viejos sanos y bien conservados se ve. Anteayer, día de Corpus, estuve un rato contemplando en la plaza de esta ciudad de Manacor a un grupo de ancianos que, sentados frente a un café, esperaban el paso de la procesión. Y era algo para apegarle a uno a la vida que pasa, a la vida de todos los días, a una vida pacifica, y, por decirlo así, insular, la visión de aquel pequeño senado de ancianos que esperaban lo que durante tantos años han visto y siempre igual. Porque esa procesión es la misma de que formaron parte, acaso llevando en andas uno de los pequeños santos--las imágenes son muy pequeñas--hace cuarenta o cincuenta o más años.

¿Pasa la vida en esta isla de la calma? ¿No es más bien que se queda? ¿Viven de veras estos tranquilos payeses que a tan alta vejez llegan?

Las costumbres son dulcísimas y patriarcales. Es acaso la región de España que da menos contingente a la criminalidad. Hay familias que al salir el lunes de casa para irse al campo y no volver hasta el sábado, dejan la puerta abierta, seguros de que nadie intentará robarles. Los crímenes de sangre son rarísimos. Me ha dicho el jefe de la Guardia Civil que en ninguna parte es más querido y estimado el benemérito instituto. Y a la vez, que ninguna otra región española da tanto contingente a la Guardia Civil. Pero para el mallorquín que ingresa en el benemérito instituto, la aspiración es ir a servir en Mallorca, en su roqueta. Ello le da, aparte de un sueldo seguro, como son todos los del Estado, autoridad entre los suyos.

Es, pues, el prestigio de la autoridad lo que aquí priva. Si hay tan pocos crímenes, si las costumbres son tan morigeradas y la seguridad pública tan grande, la Guardia Civil hace mucha menos falta que en otras partes. Y a falta de otras funciones tiene que ejercer a las veces algo que se parece a la cura de las almas. El susodicho jefe me ha contado que alguna vez ha acudido a él una mujer a quien su marido descuidaba por irse tras de otra, pretendiendo que le ayudase a volver el carnero descarriado al redil conyugal. (Aunque esto del carnero, traído aquí por la tan conocida metáfora de la oveja, viene mal, pues el carnero es polígamo).

No hay payés que al encontrarle a uno en el campo no le salude, y si es persona de alguna calidad, con un respetuoso: «¡tenga!». La cortesía, flor de las buenas costumbres pacíficas, florece aquí como los almendros, por dondequiera. Ayer fuimos en automóvil a la orilla del mar, a ver una de las bellísimas costas de la isla, pasando por Son Servera. Más de una vez se encontró el automóvil con pequeños carros--abundan aquí muchísimo, pues apenas hay quien no lo tenga--tirados por alguna caballería espantadiza. En tales coyunturas ocurren pequeños trastornos, la caballería se encabrita o tesa y hay que parar el automóvil; otras veces se mete la mula por un sembrado o hay que dar al carruaje media vuelta. En casos tales, el campesino castellano se pone hosco, se incomoda y maldice del automóvil y de los que van en él, cuando no los insulta o aun llega a mayores. Aquí no sólo acudían los payeses a dominar a su caballería y dejar paso franco al automóvil, sino que después, por la despedida, se quitaban el sombrero, saludando con la exquisita cortesía. ¿Servilismo? No, no puede ser ello servilismo en un país en que reina un bien distribuido bienestar, una áurea mediocritas, en que puede decirse que no hay pobres.

Porque aquí no se ve ni un borracho, ni un mendigo profesional, y con esto queda dicho todo.

A ese prestigio de la autoridad y a esa morigeración y cortesía acompaña un vivo sentimiento de las categorías sociales. Lo cual se refleja en los tratamientos.

A la primera clase pertenecen los nobles, a los que aquí se llama los «butifarras», como corrupción de «butiflers», que fueron los que durante la guerra de sucesión, cuando España toda, y principalmente Cataluña, estaba dividida, se pronunciaron por Felipe V el Borbón, en contra de la opinión general de este país, que estaba por el archiduque de Austria. Entre estos nobles o caballeros habla en la isla otra superior nobleza formada por los de las nueve casas--ses nou cases--. Los de las nueve casas, que ni siquiera querían títulos, estimando más sus apellidos, y que acaso descendían de aquellos caudillos entre los que repartió la isla su conquistador cristiano, Jaime I, formaban la soberbia grandeza de Mallorca. Hoy puede decirse que han desaparecido y aun alguna de esas nueve casas ha llegado a la pobreza. Pues bien: a estos nobles o butifarras se les trata de vuestra merced, vosa mercé.

Sigue otra clase, que podríamos llamar la alta clase media, la de los hombres de carrera y empleados, a los que se les trata de usted--vosté--. En esta clase son señor y señora. Y para los abogados hay otro tratamiento, que es missé.

Una tercera categoría forman los colonos y labradores ricos. Él es el amo--l'amo--y ella es madona. Entre éstos hay otro título de más preeminencia, que es: el honor. El honor Fulano de Tal. La cuarta clase son los artesanos, el mestre, y ella mestressa, y la quinta está formada por los jornaleros de campo, llamándosele a él, luego que se casa, sen--sen Fulano--y a ella madó.

Y no haya cuidado de que entre esta buena gente, cortés y morigerada, apacible y calmosa, respetuosa y litúrgica, se alteren y confundan los tratamientos. Y no es sólo que una señora corrija suavemente y rectifique cuando se le llame madona o ésta lo haga si se le trata de mestressa, sino que se dan casos en que al verse tratada ésta, la mestressa, de madona, haga observar que no es tal, sino sólo mestressa. ¿Humildad? No, sino sentido de la jerarquía, que es muy otra cosa. Pues donde hay esta separación ritual de clases o de castas se observa que cada una de ellas está orgullosa de misma, y que no son los que pasan por últimos menos celosos que los primeros en mantener su categoría. Más de un amo habrá que, afirmado en su fortuna, mirará con desdén al señor, que tiene que vivir de un empleo, y aun al butifarra, sobre todo si éste se halla arruinado. ¿Quién no recuerda aquella arrogante respuesta de un poeta castellano a quien, siendo un mozo, al decirle un noble: «¡Le advierto a usted que a hay que tratarme de su excelencia!», le respondió: «¡Pues a mi tiene que tratarme de !»?

A esta isla del polvo quieto y de la calma, del bienestar y de la cortesía, he venido a descansar un poco y a huir de la excitación que me producían las inevitables discusiones sobre la marcha de la guerra y sus causas. Pero es inútil huir del mundo si uno se lleva el mundo en ; de poco o de nada sirve refugiarse en un claustro--y un claustro henchido de luz es esta roca ceñida de mar y hecha un jardín de almendros, higueras, algarrobos, olivos, albaricoqueros, pinos, encinas, vides--si se lleva el siglo dentro de al claustro. No traje conmigo arriba de media docena de libros; entre ellos mi Lucano; pero bastan los sonoros exámetros latinos de su Farsalia para despertarme, en esta isla de paz del mar latino, sentimientos de guerra.

Hace unos días visitaba en el puerto de esta ciudad de Manacor las famosas cuevas del Drach, aquel maravilloso laberinto subterráneo de fantásticas salas con artesonados de estalactitas y pavimento de estalagmitas, que a las veces, juntándose, forman caprichosas columnas, en que el juego de las concentraciones calcáreas finge monstruos que trepan por la fusta. Es un regalo para los ojos y para la fantasía subir y bajar por aquellas cavernas tenebrosas, llevado por el guía, que a ratos enciende una bengala para proporcionaros el más extraordinario espectáculo de un escenario--de hadas o de gnomos--. Y llegáis al saloncillo en que se os cuenta cómo hace años se perdieron, guiados por un mal guía que no encontró la salida, dos catalanes, y habiéndoseles apagado la lumbre que llevaban se pasaban los tres, de uno a otro, el cigarrillo--y dicen de uno que no había fumado antes--para ver siquiera aquella roja lucecita mientras aguardaban a la muerte, y así hasta que echándoles de menos fuera, y al ver llegar solo un caballo que habían llevado, los buscaron y encontraron al cabo de treinta horas mortales. Desde entonces quedó abierto para los visitantes ese nuevo salón, al que se le arregló la entrada--y que es a la vez salida--antes disimulada, y al que se le llama de los catalanes.

Pero lo extraordinario de las cuevas del Drach son las aguas subterráneas, las aguas tenebrosas y quietas que allí dentro descansan. Es tal su quietud y su trasparencia que no se las ve. El guía tiene que advertiros de que no deis un paso en tal dirección si no queréis meter el pie en el agua, y aun advertido uno se hace imposible descubrir la línea de la sobrehaz donde toca las piedras. Es menester agitar un poco el agua, echar en ella una chinita, para descubrirla. Sólo de tarde en tarde una gota desprendida de alguna estalactita rompe levemente la quietud del agua y el silencio absoluto de aquellas tinieblas. Y allí dentro hay una laguna, una verdadera laguna, ahora con un bote para pasearse por ella, una laguna bajo bóveda de estalactitas y de cuyo fondo emergen estalagmitas. La gota de agua cargada de cal que cae del techo, atraviesa el agua muerta e inmóvil y va a depositarle bajo de ella, en la estalagmita que desde hace siglos aguarda fundirse un día, en columna, con su compañera. No estorba el agua inmoble sus seculares amores, ese anhelo milenario por juntarse. La tal laguna es, sin duda, una de las mayores maravillas que puede verse en el mundo.

Llámanle el lago de la Gran Duquesa de Toscana, en honor a la madre del archiduque Salvador, que tanto hizo por esta isla de Mallorca. Mr. Martel, explorador de las cuevas del Drach, dice que no conoce estanque alguno subterráneo mayor. Su longitud es desde el pie de la ventana por la que antes se le veía, hasta el recodo que forma hacia el oeste de 177 metros, su anchura media de 30 y profundidad de cinco a ocho, llegando a nueve. Es tan pura el agua que se ve el fondo y todo y parece al recorrerlo en bote que se navega entre dos bosques de agujas de escarcha, largas lágrimas de diamante, que dice Mr. Martel. De trecho en trecho hay isletas de carbonato de cal, a modo de blancos corales. Algunas de éstas han logrado juntarse con su compañera del techo, cerrando columnas acanaladas. Parece cosa de las Mil y una noches. ¡Si me hubiese sido posible quedarme allí solo, a oscuras, en absolutas tinieblas, en el infinito silencio, en el bote flotante que habría quedado, a falta de viento y de corriente, inmóvil! Situación semejante no se puede ni concebir en otra parte alguna.

Pero con ser éste del lago de la Gran Duquesa de Toscana, o de Miramar--que con los dos nombres se le conoce--espectáculo único en el mundo, hay otra cosa que hirió más mi fantasía. Y es que en una de las cavernas vimos como una cuerda de guitarra, bien tensa y a plomo, que iba del techo al suelo. Diríase que era la cuerda del arpa del silencio. Junto a ella otras dos o tres cuerdas colgaban del techo, mas sin llegar al suelo. Nos aproximamos, proyectó sobre ella el guía la luz de su lámpara de acetileno y vimos las diminutas radículas que se pegaban a la cuerda. Era una raíz de lentisco. La mata--acaso árbol, porque al lentisco aquí le dejan hacerse árbol--nace arriba, en la luz del sol, sobre el suelo de la roqueta, a cinco o seis metros por encima del techo de la caverna--que tal será allí el espesor de la bóveda de ésta--lanza sus raíces a tomar jugos de la roca, luchando con ella--llegan las raíces a unas tinieblas de aire preso, a un vacío de donde no se saca jugo, y siguen hundiéndose hasta volver a encontrar otra vez, otros cinco metros más abajo, nueva tierra, nueva roca.

En esta encantada isla de Mallorca, en su paz y su quietud humanas y corteses, creí encontrar ese aireado vacío de tinieblas para las raíces belicosas de mi espíritu, pero éstas han seguido hundiéndose hasta encontrar nuevo suelo en que luchar con la roca y para sacarle jugo. Lucano me ayuda a ello. Voy después de comer a un casino, de gente muy cortés y muy apacible, donde no he oído hablar de la guerra, y hago allí lo que hace años dejé de hacer, y es jugar al ajedrez. Y por cierto mi adversario y compañero de juego, el Sr. Nadal, es un jugador belicoso, siempre a la ofensiva, pero en el ajedrez. ¿Es el juego acaso el que me vuelve a mis preocupaciones de guerra?

Y en esta dulce y noble tierra de las categorías y los rangos de tan buen grado aceptados, siento crecer mi aversión a ciertas especializaciones. Me siento aquí más belicoso, más religioso y más intelectual, pero a la vez más antimilitarista, más antieclesiasticista--no me gusta el término anticlerical, que ha tomado un cierto sentido ambiguo--y más antipedagogista. Siento aquí con más fuerza mi sentimiento de que todo hombre debe ser guerrero, sacerdote y maestro y que no hay cosa peor que delegar estas tres funciones--la guerra, el culto religioso y la enseñanza general de los conocimientos indispensables para todo hombre--de todo buen ciudadano. Porque cada vez siento mayor repugnancia a la llamada ciencia militar--estrategia, táctica, etc.--, a la teología y a la pedagogía como disciplinas privativas, y casi secretas, de militares, de sacerdotes y de maestros de escuela. No necesito decir a mis lectores que no soy lo que se llama pacifista, que no creo que la guerra--la guerra cruenta--ha de desaparecer ni estimo que deba desaparecer, sino que la creo un elemento de civilización y de cultura; tampoco necesito decir a mis lectores que no soy de los que creen que han de desaparecer las religiones positivas y que ha de suceder una era científica a la teológica, sino que, por el contrario, estimo que ha de teologizarse aún más la ciencia y que el problema religioso de nuestro final destino humano, el de ultratumba, ha de ser el cardinal siempre; y es inútil que diga cuánto me preocupa la difusión de la cultura y la instrucción. Pero creo que los mayores enemigos del buen belicosismo, del sano sentimiento guerrero, de la guerra noble, son los profesionales de la guerra, los militares; creo que los peores enemigos de la religiosidad son los sacerdotes y los más peligrosos enemigos de la cultura son los pedagogos. No pueden ser funciones especializadas y delegadas. Todo ciudadano tiene que ser caudillo, sacerdote y maestro. Un pueblo no es pueblo completo y perfecto mientras no sea un pueblo de caudillos, sacerdotes y maestros.

¿Podría vivir mucho tiempo en este apacible, respetuoso y no demasiado curioso pueblo mallorquín? Si un día la batalla de la vida me rinde, si mi coraje flaquea, si siento en el corazón del alma la vejez, me acordaré, estoy de ello seguro, de este pueblo tranquilo y feliz; me acordaré de su luz espléndida y también de su lago subterráneo de aguas tenebrosas y quietas; me acordaré de sus quietas legiones de almendros y de higueras, todos bien alineados; me acordaré de sus patriarcales molinos de viento volteando sus velas sobre los arreboles que deja el sol al ponerse en la sierra de la costa brava; me acordaré de esta paz; ¿pero hoy? Hoy no he hecho sino empezar a gustar este sosiego, y ya el amor a la inquietud se me enciende.

Y, sin embargo, ¡qué grato es esto! ¿Quién acierta?

Sólo se echa aquí de menos una cosa, como la echaba de menos en otra isla, en la Gran Canaria, y es el agua dulce corriente. En Mallorca no hay, en rigor, ríos ni arroyos, ni más lago que aquel subterráneo. Alguna vez se ve una rambla, una torrentera seca, llena de pedruscos, donde unos pocos días, después de tormenta, corre el agua al mar. Yendo por esos innumerables caminos polvorientos--la isla está toda entretejida de caminos--se echa de menos un regato de corrientes aguas dulces. «¡Lo mejor, el agua!»--exclamó Píndaro, y el vicario general de Mallorca, mosén Antoni Ma. Alcover, un formidable catalanista--más bien que mallorquinista--que cree que en Barcelona no se puede vivir sin saber catalán, en su diario de una salida que hizo a Alemania y otras naciones en el año del Señor 1907, al pasar el Ródano por Aviñón, donde todo es verde, exclamó en mallorquín: «¡Quina gran cosa qu'es l'aygo!»: ¡Qué gran cosa es el agua! Esta ingenua expresión, casi pindárica, puede encontrarla el lector curioso en la nota del día 4 de julio de dicho diario (Dietari de l'exida de Mn. Antoni Ma. Alcover a Alemania y altres nacions l'any del Senyor 1907), en el tomo Vextraordinari») del Bolletí del Diccionari de la Llengua catalana, impreso en la «Ciutat de Mallorca»--que debe de ser Palma--en 1908. «¡Quina gran cosa qu'es l'aygo!», digámoslo pindarizando un poco en mallorquín, con el formidable germanófilo y catalanista mosén Alcover, vicario general de Mallorca.

Ya ve el lector que leo algo más que la media docena de libros que me traje, pero lo demás que leo es en mallorquín. Curiosidad de filólogo. Adondequiera que voy me gusta leer en la lengua de aquel país. En Portugal apenas leo sino portugués y ahora aquí leo mallorquín. Pero cuidando que lo sea y no catalán. No es que haya una gran diferencia entre ellos, pues son hermanos gemelos, pero me gusta apreciar las diferencias más bien que las semejanzas. En las lenguas como en los hombres, persigo la individualidad personal. O si se prefiere, la personalidad individual.

Los literatos mallorquines propenden a escribir, no en el dialecto vivo de su tierra--llamo dialecto a toda lengua conversacional, aunque no dependa de otra--, sino en catalán literario. Los literatos aquí y los intelectuales en general son catalanistas más bien que mallorquinistas. El gran poeta Juan Alcover, después de haber estado mucho tiempo haciendo versos--y muy excelentes--en castellano, se puso a hacerlos en catalán literario y no en la lengua que se habla en su ciudad natal de Palma. Él me lo explicó hace ocho años, diciendo que escribía en castellano en la edad en que hay avaricia de lágrimas, cuando la poesía es de cosas externas; pero que cuando con los años se le ablandó el corazón y sintió la necesidad de expresar sentimientos más íntimos y más cordiales, tuvo que acudir a su lengua propia. Pero no acudió a la de su cuna, a la de su hogar, a la de su ciudad nativa, sino al catalán literario, a una lengua que no tiene menos convenciones que el castellano oficial. Por donde se ve el verdadero origen del cambio de medio de expresión. Y es ello natural: escritores mallorquines que no hallaron escribiendo en castellano todo el público que buscaban--y algunos de ellos, como Juan Alcover, no todo el que merecían ni mucho menos--al corroborarse y extenderse el renacimiento literario catalanista se pusieron a escribir en catalán de Cataluña y tal vez en un catalán que nadie hoy habla.

Pero yo me he puesto a leer mallorquín empezando por las tan típicas y graciosas Aygoforts (Aguafuertes), de Gabriel Maura, muerto ya y hermano mayor que fué de don Antonio, el tan conocido político, publicadas en 1892 con un prólogo... ¡en castellano! de Juan Alcover.

Lo más de la producción literaria, estrictamente mallorquina, en lengua vulgar de la isla, es de carácter religioso. La Iglesia tiene que dirigirse a los fieles en la lengua que éstos hablan, sea la que fuere. La predicación no debe hacerse aquí ni en castellano ni en catalán, y el catecismo de la doctrina cristiana se enseña en cada país en la lengua vulgar y conversacional propia de él. Como esfuerzo y a modo de gallardía, un presbítero mallorquín, don Ildefonso Rullán, licenciado en Filosofía y Letras, dió a luz en los años de 1905 y 1906 en una imprenta de Felanitx la primera traducción del Quijote a lengua mallorquina. «T'o conterem tot sense solfas ni pretensions de cap casta ab un llenguatje tan clar y tan corrent com mos sía posible...»: te lo contaremos todo sin solfas ni pretensiones de ninguna clase, con un lenguaje tan claro y tan corriente como nos sea posible, decía, y se esforzó en verter los refranes de Sancho a refranes populares mallorquines.

Más de esto de la lengua y de la literatura mallorquinas, de tan noble ascendencia y gloriosa tradición, desde los tiempos del Beato Lulio, he de deciros otra vez.

Esta parte de la isla en que desde hace once días me encuentro pasa, no bien por qué, por ser la menos pintoresca de ella. Acaso por ser la más llana. Llámanla la llanura. Me escribe desde Barcelona un amigo que los suyos de Palma se sienten aterrados--tal es su expresión--de que vaya yo a juzgar a todo Mallorca por esta parte en que estoy ahora descansando. Ignoran que las llanuras me encantan tanto como las montañas, y que si éstas me tientan a treparlas para descubrir desde su cumbre más amplios horizontes gozo de éstos sosegadamente desde el llano. ¡Y que es hermoso aquí ver ponerse el sol tras de la sierra del norte, la más elevada de la isla, que se alza allá, a lo lejos, destacándose sobre las verdes ondulaciones del terreno! Porque la llamada llanura no es una pampa o una estepa, no es como la llanura de la Mancha o el páramo de entre León y Palencia, sino que es un terreno ondulado cubierto todo él de árboles de cultivo. Desde el castillete de la roca--«es castellot de sa roca»--o desde la roca del castillete--«sa roca des castellot»--que es un peñasco a modo de torreón que se alza aquí cerca sobre una dulce colina, ¡qué grato es contemplar tumbado allí arriba los quietos rebaños de almendros, de higueras, de algarrobos, de vides, de pinos, que arraigan en las mansas oleadas petrificadas de la tierra de la roqueta! Y a lo lejos el mar. Cuenta que este peñasco, este castillo rocoso, es una guija que se sacó del zapato y dejó sobre esta colina un gigante que venía de Felanitx a Manacor.

Todo da una sensación de bienestar más que de abundancia, de discreta fortuna. El otro día me acerqué a una familia de payeses que tomaban el aire y acariciaban los campos con la mirada, y me acerqué a ellos para pedirles un vaso de agua, pero a la vez para beber aquella visión bíblica de paz y de dicha. La mujer, con su trenza a la espalda y un niño en brazos, de soleado rostro, me miraba con sus azules ojos como mira el cielo. La vida como que irradia de estas mujeres mallorquinas, de trenza tendida y brazos desnudos hasta el codo, que pisan con amor el suelo de la roqueta.

Pero tengo que ir a las maravillas, por así decirlo, oficiales de la isla, a lo que se ofrece a los turistas; a Valldemosa, en cuya cartuja de un tiempo reposó Rubén Darío sus turbulencias del alma; a Miramar, a Sóller y subir al Puig Mayor. La excursión es el modo mejor de no dejarse ganar demasiado por esta calma.

Manacor (Mallorca), junio de 1916.