Aprende español

Frente a los negrillos

Conoces, lector, aquella media docena de cuartetas que dedicó a un árbol Vicente Wenceslao Querol, el entrañado poeta, y figuran en sus Rimas. Fué a un árbol que su padre plantara el día mismo en que el poeta vió la primera luz. Luego

Yo abandoné, buscando horas felices, mi pobre hogar por la mansión extraña, y él, inmutable, ahondaba sus raíces junto al arroyo que sus plantas baña. Hoy, rugosa la frente y seca el alma, cuando hasta el eco de mi voz me asombra, vengo a encontrar la apetecida calma del tronco amigo a la propicia sombra. Y evoco las memorias indecisas de la edad juvenil, sueños perdidos, mientras juegan sus ramas con las brisas y al alegre rumor cantan los nidos. Mi vida agosta ese dolor interno con que los ojos y la frente enluto; él abre en mayo su capullo tierno y da en octubre el aromado fruto.

¿Por qué a este dulcísimo y tan jugoso Querol se le tiene como arrinconado, cuando se asenderea tanto a otros que no hicieron sino canturrear manidos estribillos? Yo gusto a las veces, en horas de languidez y desgana de estudio, ramonear en sus Rimas, y siempre encuentro en ellas, a más del viejo arregosto, un dejo nuevo de dulzura.

Hoy lo abrí a remembrar ese árbol, mientras veo cubrirse de verdor a esos negrillos que se amparan ahí enfrente, al abrigo del convento. En esa verdura se sosiega mi magín y paran en ella mis mientes. Sobre esa verdura pasan las nubes. Fuera del bullicio de calles y plazuelas, ese verdor es como un reclamo al silencio y al aquietamiento interiores.

A las veces me figuro que el árbol me mira y que tiene una clara, dulce y ancha mirada con sus mil ojos verdes, que se abren a mamar la lumbre del sol, y que me adiestra, no más que mirándome, en la lección de la paciencia. Nada de querer saltar los días para que llegue lo más pronto posible la noticia que haga por un momento estremecer al corazón. En balde tener puesto el ahinco todo en que corra la cinta de la Historia.

En horas de sequedad íntima, cuando uno se desespera y entristece al dar en pensar que se le haya agostado el manantial de la fantasía, es confortamiento contemplar al árbol que cada primavera como si resucitase.

Viajero incansable de los campos del espíritu, cuyos más escarpados vericuetos he trepado por pura ansia de columbrar las lontananzas del misterio desde una nueva atalaya, me place asentar mi mente en la ramada de ese árbol y percatar la tierra de entrañas negras y silenciosas, la tierra de donde saca su jugo el verdor de la copa del negrillo.

Podría decir con Séneca que cuantas veces me entrometí con los hombres volví de ellos a mismo más inhumano. En cambio, nunca he sentido rebullir más reciamente dentro de a la patria, y con ella a sus hijos de todos los tiempos a quien la muerte dió vida más honda, como cuando me he dejado olvidar en medio de un monte de encinas o siquiera de un soto de álamos. Los pensamientos y los sentires, todo esto que me proviene de ella y de ellos, parece como si se me envencijasen, corroborándose así en gavilla, cuando lejos de mis vecinos de hoy me entrego a mi quimera en la soledad del campo.

Porque los hombres que bregan y luchan en esta vida y en su historia, no hacen sino trillarnos las ideas y aventárnoslas luego con sus arremetidas. En la conversación misma, por muy apaciguada y amistosa que sea, las ideas se derriten más que se cuajan, y los sentimientos se disuelven y no se condensan. Hay que aprender a conocer y querer a los prójimos en el recato del aislamiento, dentro de mismo y fuera de ellos.

Es el trato social lo que le hace a uno descontentadizo y mal esperanzado, y es sumergirse en el paisaje lo que nos hace recobrar fe en un dichoso porvenir de la patria. Viendo desde una cumbre de una de las sierras de Castilla desplegarse a mis pies como alfombra en el cielo, desprendida de todo grosero peso de materialidad, un vasto retazo del cuerpo de España, me surgía del corazón la confianza de que el sol que lo curte ha de alumbrar todavía grandes glorias y perdurables proezas. No es posible que por un escenario así no pasen los más excelsos personajes de la tragedia de la Historia.

La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea. Muy cierto que la comarca hace a la casta, el paisaje--y el celaje con él--al paisanaje; pero no tan sólo en un sentido terreno y corpóreo, material, y como de tierra a cuerpo--todo barro--, sino además, y acaso muy principalmente, en otro sentido más íntimo, especulativo y espiritual, de visión a espíritu todo barro. Quiero decir que no es sólo como alimento de estómago, y por su gea y clima y fauna y flora, como nuestra tierra nos moldea y hiere el alma, sino como visión, entrándonos por los sentidos. Si varios hombres persisten viendo mucho tiempo la misma vista, acabarán por acordar y aunar mucho de su ideación, estribándola en el espectáculo aquél. Ante un mismo árbol, toman a la postre un mismo cauce las figuraciones de los que lo contemplan. Y es que nos devanamos los sesos sirviéndonos de urgandillos los objetos a la vista.

Así, esos negrillos que aquí, a mi frente, se están cubriendo de verdor, me sirven como devanadera de errabundas cavilaciones. En ellos voy poniendo mis pensamientos, que se prenden de sus ramas. Y siempre, en adelante, mientras los mire, evocarán en los ratos de intensa vida mental que mirándolos he sorbido. Y esto, aunque ya no llegue a darme clara cuenta de ello. En los muy recónditos recovecos del paisaje en cuyo regazo se nos crió el alma, en escondrijos de él ocultos a un extraño, como que dormitan callados pensamientos nuestros que al volar dejaron allí algo de su vuelo. «Al pasar junto a este escaramujo, por este mismo sendero, años ha, y en vena de poesía, se me ocurrió aquel verso feliz que fué el arranque de todo un poema que, como de una bellota una copuda encina, brotó de él». Y la vista del escaramujo, en que acaso rojean las silvestres rositas de agavanzo, me recuerda el más dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si ésta es de poesía: el de su parto.

Es que nuestras mejores y más propias ideas, molla de nuestro espíritu, nos vienen, como de fruta alimenticia, de la visión del mundo que tenemos delante, aunque luego, con los jugos de la lógica, la transformemos en quimo ideal, de que sacamos el quilo que nos sustenta. Y que es el que se suda al trabajar. Y estas nuestras ideas, ya transformadas, especies hechas carne y sangre, y hasta hueso, de nuestro espíritu, se agarran como con zarcillos de vid a las visiones, sus madres. Tal rocosa montaña, que alza sus tormos, como almenas de un castillo, al cielo, llega a ser el esqueleto del cuerpo de pensamientos de los que al pie de ella rompen la tierra mirando a la cima por si de allí baja la nube que regará su labranza.

Es que la Naturaleza está humanizada por el hombre que la habita y la trabaja. Los árboles son ya, como los animales domésticos, algo nuestro, obra nuestra. Y son, por ello, espejo de nuestra vida y de nuestro pensar.

En horas de soledad íntima, y hasta de resquemores, descansé este invierno mis ojos y mis reconcomios en las ramas peladas y escuetas de esos negrillos, entonces escuálidos y desnudos, y ahora, al verdecer ellos con los soles abrileños y poner yo en su verdura mi vista, siento como que ese verdor primaveral me acaricia zalamero los ojos y me los limpia, y me roza quedamente, como para cerrármelas, las heridas del corazón. Y me corroboro en mi ya viejo empeño de aprender bien la lección del paisaje de nuestra tierra.