Santiago de Compostela
Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia, donde en los siglos de más ingenua y más sencilla fe cristiana se creía estaba el cuerpo del apóstol Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, fué en aquellos siglos un lugar de romerías casi al igual de Roma y de Jerusalén. En cartas geográficas alemanas de la Edad Media se le llama a España «Jacobsland», la tierra de Santiago.
Los piadosos peregrinos que venían del centro de Europa a ese corazón de Galicia traían consigo leyendas, relatos, cuentos y cantares, y fueron sus romerías uno de los vehículos de la cultura europea de entonces. La poesía trovadoresca galaico-portuguesa, la primera manifestación culta del lirismo en lengua romance en la Península, prendió al contacto de chispas traídas de Provenza por los devotos romeros de Santiago.
Camino de Santiago se le llamó a la vía láctea, nebulosa de estrellas que guiaba a los peregrinos al término de sus anhelos, como a los magos su estrella, y la ruta toda hallábase sembrada de santuarios y hospederías.
Está por escribir la historia de la influencia que esas romerías tuvieron en el desarrollo cultural de España, en literatura y en arte, y hasta en su historia política, pues no poco influyeron en el nacimiento del reino de Portugal.
Y hoy, quien desee conocer bien España y respirar lo que aún queda de su viejo ambiente tradicional, no puede dispensarse de una piadosa romería artística a Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia. Allá me fuí, pues, desde Pontevedra.
Bordea el tren la espléndida ría de Arosa y pasa luego junto a Padrón, la antigua Iria Flavia, donde dicen que moró más tiempo el apóstol. Y hasta llegan a asegurar--bienaventurados los que así creen--que una piedra que se conserva en la iglesia de Santiago fué la piedra a que se amarró la barca que conducía el cuerpo del apóstol. Pero Padrón, que se alza a orillas del Sar, en una riente vega, nos trae otros recuerdos; recuerdos de poesía. De Padrón fué aquel Juan Rodríguez de la Cámara o del Padrón, poeta cortesano de mediados del siglo XV, que escribió en castellano prosa y versos, y sobre todo El siervo libre de amor. «Su prosa vale más que sus versos y su biografía y su leyenda, todavía muy obscuras, interesan más que sus versos y su prosa», escribe Menéndez y Pelayo, el cual añade que la novela de Juan Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica. La novela es el relato de unos desgraciados amores de aquel paisano del doncel Macías el enamorado, gallego también.
Y en Padrón vivió, sufrió y murió también Rosalía de Castro y su viudo, Manuel Murguía, llega a afirmar que fué en la casa solariega de los Castro donde nació Juan Rodríguez, el siervo de amor. Al paso del tren se ve la modesta casita llena de recuerdos, con su balconcillo cubierto por enredaderas, con su huertecito delante. Y no lejos de allí corre sumiso y humilde el Sar, casi un arroyo, escondiéndose entre dos filas de árboles, recatándose a miradas indiscretas y como huyendo toda ostentación. En sus orillas escribió Rosalía lo más de aquel libro peregrino, al que apenas si se empieza a hacer justicia, en rimas castellanas, que se titula En las orillas del Sar. «¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!--mas el calor, la vida juvenil y la savia--que extraje de tu seno--como el sediento niño el dulce jugo extrae--del pecho blanco y lleno--de mi existencia oscura en el torrente amargo--pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,--una visión de armiño, una ilusión querida,--un suspiro de amor». Así cantaba. Y otra vez: «¡Padrón! ¡Padrón! Santa María... Lestrove... ¡Adiós! ¡Adiós!».
En estas palabras que parecen baladíes, en este mero nombrar lugares queridos, ¡cuánta ternura! Y su saludo al cementerio de Adina, con sus olivos oscuros y el suelo de hierbas y flores, con sus canónigos viejos que en él se sientan al sol, y los niños que allí juegan bulliciosos, y las losas blancas, y los húmedos montones de tierra, donde al amanecer se enterró a algún pobre. Pero ella, la pobre Rosalía, no duerme su eterno sueño en el cementerio de Adina, de Padrón, en aquel cementerio encantador que tanto quiso; duerme en un mausoleo, a mano izquierda, o sea al lado del Evangelio del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo, en Santiago, que se quiere hacer panteón de gallegos ilustres. Por cierto que al otro lado, al de la Epístola, descansa en otro mausoleo el más frágil ídolo de un día, producto de veleidades regionalistas, y sobre su estatua una leyenda en un gallego presuntuoso, artificioso y falso, que denuncia la pueril preocupación de distanciarlo lo más posible, con arcaísmos y aun barbarismos, del romance castellano.
Cuando pasada ya la vega de Padrón se me presentaron a la vista las torres de Santiago me acordé de esta mi Salamanca, pues son, sin duda, las dos ciudades españolas, episcopales y universitarias ambas, que más parecido guardan entre sí. Sólo que esta Salamanca es más abierta, más alegre, más soleada, y peor empedrada también. La arenisca de esta plateresca Salamanca se dora al sol y admite una profusión de follajes ornamentales difíciles de labrar en el duro granito de Santiago, que bajo aquel cielo plúmbeo y lluvioso se ennegrece pronto, dando a la ciudad compostelana el aire austero y hasta sombrío que la distingue.
Pero cuenta que lo sombrío no es feo; es más bien hermosísimo. Aquellas rúas compostelanas, llenas de soportales, por donde pasean estudiantes y canónigos, nos hablan de una ciudad hecha para el estudio y el rezo, pero donde hallan también campo las lides del amor. Y no sé por qué me acordaba de Brujas la muerta y de tantas otras muertas ciudades, y pensaba en amores furtivos, en tragedias ocultas, en dramas de misterio entre amantes de negro bajo la negrura lluviosa de la ciudad, en citas que alguien creería sacrílegas, en las oscuras naves románicas de la catedral.
La catedral lo corona y como que lo absorbe todo. Alza su fachada principal, la del poniente o la del Obradoiro, en la mayor y más abierta caja de piedra de Santiago, quiero decir en su gran plaza flanqueada por cuatro solemnes edificios: la catedral misma, el gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron construir para los peregrinos--y que recuerda nuestro actual colegio de irlandeses salmantino--, el seminario de confesores--algo muy parecido al colegio viejo de San Bartolomé de Salamanca--y el antiguo colegio de San Jerónimo.
Detrás de la fachada del Obradoiro se abre, al entrar por ella en la catedral, el estupendo pórtico de la Gloria, la maravilla icónica de España, que mereció ser vaciado para figurar en el museo de Kensington de Londres. Cuanto se diga de ese poema en piedra en que se respiran el arte y la piedad medioevales, será poco. La eterna juventud de la piedra nos habla allí de una fe juvenil, virgen madre de las más consoladoras visiones. En torno a la figura de Nuestro Señor, que nos muestra sus llagas, escoltado por los cuatro evangelistas, los ancianos apocalípticos, con sus instrumentos músicos en las manos, están absortos en un éxtasis que nunca acaba. Los profetas y los apóstoles sonríen más abajo. Y la piedra, policromada, habla o más bien canta. Al pie del pórtico, de hinojos y mirando al altar donde está el sepulcro del apóstol, el maestro Mateo, el autor de semejante maravilla arquitectónica, ora en piedra. El pueblo le llama el santo dos croques, el santo de los cosques o pescozones; y dícese que algunas madres van a dar a sus hijos de cabeza contra aquella cabeza de piedra para que se les despierte la inteligencia.
Digna entrada de nuestra gran catedral románica aquel pórtico de la Gloria. El románico, severo y sobrio, resiste la cursilería en que fácilmente cae el gótico. La religiosa gravedad del románico no se presta a las sentimentalerías literarias del gótico. No se comprende a Chateaubriand en las naves severas de un templo románico. El de Santiago sugiere, desde luego, la idea de un sepulcro, casi de una catacumba. Estamos muy lejos del pintoresco irisado de la catedral de León. Allí, en la catedral de Santiago, hay que rezar de un modo o de otro; no cabe hacer literatura. Su galería alta nos habla de las bandadas de anhelantes romeros que en ellas dormían. Y fué para sahumar la catedral, matando el hedor que aquellos peregrinos allí dejaban, para lo que se hizo el famoso «botafumeiro», el gran incensario que, pendiente del cimborrio, recorre las naves del crucero.
La catedral domina con sus torres a Santiago, pero en torno de ellas se levantan otras muchas, y vista la ciudad desde el paseo de la Herradura semeja un gran bosque oscuro de piedra destacándose sobre la verdura riente de la campiña. Cerca de la basílica se alza San Martín Pinario, hoy seminario pontificio, antiguo monasterio de benedictinos, solemne y espacioso y desnudo. Su templo da una singular sensación de reposo y de sobriedad que habría encantado a aquel nuestro ya conocido jerónimo P. Sigüenza, el que sintió tan hondamente lo desnudo arquitectónico. Y desnudo y sencillo como vivió el pobrecito de Asís, se alza también el templo de San Francisco. El austero granítico compostelano rechaza los floreos de la arenisca salmantina.
Bajamos a la Colegiata del Sar, con sus torcidas columnas y el resto que de su viejo claustro románico queda.
Y a vagar luego por aquellas rúas santiaguesas, por sus recodos y esguinces, entre las pétreas plazas, por donde un tiempo llenarían los soportales rezos de romeros, y hoy, en noches tibias, volarán susurros de enamorados. Porque, más que en las alegres ciudades abiertas al sol, más que en las campiñas libres, se piensa en el amor, siquiera como un recurso y un consuelo, en estas viejas ciudades sombrías, levíticas y académicas, sobre que gravita la pesadumbre de los siglos. En el largo invierno de largas noches, bajo la llovizna terca, al son pastoso de las campanas, ¿qué se va a hacer?
Oíd a Rosalía en su poema Santa Escolástica, de la que hay una magnífica escultura en Santiago. Dice: "Una tarde de abril en que la tenue--llovizna triste humedecía en silencio--de las desiertas calles las baldosas,--mientras en los espacios resonaban--las campanas con lentas vibraciones,--dime a marchar, huyendo de mi sombra...--Soplo mortal creyérase que había dejado al mundo sin piedad desierto,--convirtiendo en sepulcro a Compostela;--que en la santa ciudad, grave y vetusta--no hay rumores que turben importunos--la paz ansiada en la apacible siesta.--¡Cementerio de vivos! murmuraba--yo al cruzar por las plazas silenciosas--que otros días de gloria nos recuerdan...--Después la catedral, palacio místico--de atrevidas románicas arcadas,--y con su gloria de bellezas llena,--me pareció al mirarla que quería--sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,--de sus torres la mole gigantesca...--Atrás quedaba aquella calle adusta,--camino de los frailes y los muertos,--siempre vacía y misteriosa siempre,--con sus manchas de sombras gigantescas--y sus claros de luz, que hacen más triste--su soledad y que los ojos hieren.--Y en tanto la llovizna, como todo--lo manso, terca, sin cesar regaba--campos y plazas, calles y conventos--que iluminaba el sol con rayo oblicuo--a través de los húmedos vapores--blanquecinos a veces, otras negros".
¿Podría yo, con mi prosa seca y dura, daros una más viva impresión de Santiago que esas estrofas sombrías de Rosalía? ¡Cementerio de vivos! exclamó la pobre y atormentada poetisa que cantara al riente cementerio de muertos de Adina, a orillas del Sar. Aquella pobre aldeana--pues siempre lo fué Rosalía--llevando la vega de Padrón en el alma, sentíase entenebrecer en las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, bajo la llovizna, terca como todo lo manso, y bajo una llovizna que no caía sobre verde y mullida hierba, sobre lozanos maíces, sino que "humedecía en silencio de las desiertas calles las baldosas" estériles. Y la pobre exclama: "Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo,--a un tiempo apetecida y detestada,--cual ser que nos atrae y nos desdeña,--algo hay en ti que apaga el entusiasmo,--y del mundo feliz de los ensueños--a la aridez de la verdad nos lleva". Y luego grita: "¡Y yo quería morir!". Y sólo encuentra refugio y consuelo en el templo. "Majestad de los templos, mi alma femenina--te siente, como siente las maternas dulzuras--las inquietudes vagas, las ternuras secretas--y el temor a lo oculto tras la inmensa altura". Y corre la pobre aldeana al templo, se postra ante la imagen de Santa Escolástica, dobla la rodilla, inclina la frente y exclama: "¡Hay arte!... ¡Hay poesía!... Debe de haber cielo: ¡hay Dios!".
A la aldeana de Padrón, enamorada de su vega, le repugnaban por igual las llanuras castellanas--¡llanura, siempre llanura! decía--y las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, cuyas baldosas humedecía en silencio la llovizna terca. Hermosa y fea a un tiempo declaraba a la ciudad compostelana, apetecida y detestada. De haber vivido algún tiempo en comunión con la llanura castellana, ¿no habría llegado también a sentirla hermosa y fea a la vez, apetecida y detestada? Su pobre alma temblaba de frío, de miedo, lo mismo en la adusta y grave meseta de Castilla que en las adustas y graves calles de Santiago de Compostela. Y es que hay una estrecha hermandad entre una y otras. Santiago es lo más castellano que hay en Galicia; es, en rigor, una ciudad profundamente castellana, de una Castilla de cielo plúmbeo y lluvioso. En las rúas compostelanas siéntese uno lejos, muy lejos, de las rientes islas bajas de Pontevedra, lejos, muy lejos de las vegas del Miño. Santiago, corazón de Galicia, es uno de los corazones de España; lo específico y diferencial galaico parece se borra en él y resurge el alma común española, base castellana, e alma nacional.
No en vano fué Santiago durante siglos centro de romerías internacionales. Lo internacional ahoga todos los regionalismos estrechos y robustece lo nacional. Los devotos peregrinos venían, al venir a Santiago, a España, y cruzando España, y no a Galicia; venían a visitar el sepulcro del patrón de España y no de Galicia sólo. "¡Santiago, y cierra España!" fué nuestra divisa medioeval española; pero al cerrar Santiago a España abría y rompía sus barreras interiores, fundía a sus pueblos todos en la lucha común contra la morisma.
El sepulcro de Santiago es un sepulcro de España toda. El sepulcro de Galicia acaso sea el de Prisciliano, el gnóstico gallego, obispo de Ávila, que en el siglo IV mezcló el paganismo galaico con las doctrinas cristianas. Así, bautizando las supersticiones célticas, trató de cristianizar a su pueblo. Fué decapitado en Tréveris, parece que su cuerpo fué traído a Galicia, su patria, y acaso su sepulcro fué lugar de piadosas romerías. ¿No se aprovecharía esto más tarde y, así como él bautizó las supersticiones célticas, se trató acaso de hacer ortodoxas esas romerías con una leyenda nueva? Porque un hombre moderno, de espíritu critico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor esté en Compostela. ¿Qué cuerpo es, pues, el que allí se venera y cómo y por qué se inició ese culto?
Salamanca, agosto 1912.