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Paisaje teresiano

EL CAMPO ES UNA METÁFORA

I

Era en un pueblecito de los consagrados por Santa Teresa de Jesús, en un pueblecito serrano de la provincia de Ávila donde ella pasó, en sus mocedades, una temporada en casa de unos parientes y donde leyó algún libro de edificación piadosa, lectura que le sirvió después, con otras, de cimiento para el edificio de su doctrina. Pero como lo leyó en aquel campo, alternando en su visión las letras del texto con las letras también con que Dios había escrito en el que llamamos libro de la naturaleza, aquel paisaje llegó a formar parte de los cimientos del edificio de su doctrina.

¿Libro de la naturaleza? ¿Libro? No, sino más bien cuadro. Y un cuadro enseña como un libro y aún más y mejor. Desde luego, un cuadro bueno más que un libro malo. ¡Y no por su literatura, no! Los cuadros no son mejores o peores por su literatura, y con razón hablan los pintores con desdén de la pintura literaria. Como la excelencia de una caricatura no está en la leyenda y aun la mejor caricatura es la muda, lo que es como una romanza gráfica sin palabras. No, no, no es lo que llamamos asunto lo que hace el cuadro. Lo que no quiere decir ¡claro! que la pintura no inspire literatura. La inspira la de Velázquez, y Velázquez es un puro pintor. Y aquí mismo veréis cómo un cuadro de Dios, un paisaje castellano, nos ha inspirado, buena o mala, literatura.

Los cerros pedregosos que contemplaba desde Becedas--que está al pie de una elevada sierra--parecíanme escombros caídos del cielo y por donde trepaban verdes rebaños, grupos de encinas y de robles. Y en derredor de aquellos picos de Neila y de Gilbuena era un campo robusto y sonriente. A la hora aquélla y en aquel día el paisaje perdía materialidad pareciendo como un mero revestimiento del espacio. O más bien que era una pintura, pero más al fresco que al óleo, y de todos modos sin barnizado, en que se ve la tela y su trama, el tejido sobre que se había pintado el cuadro, acaso la túnica misma del Señor, que se entretuvo en adornarla con aquellos paisajes. Y se veía los brochazos del Señor, se notaba la huella de su pincel. ¡No era una oleografía, no!

Velaba al cielo como una brumilla de platino. Diríase que el cielo era un lago, el de las aguas de arriba de que habla el primer capítulo del Génesis, y que ese lago tenía reflejos de la tierra sobre que se redondeaba.

Al recogerme un momento como para rumiar el pasto de aquella visión, fijéme en un helecho que crecía--¡bien pobremente por cierto!--a mis pies y me imaginé una hormiga al pie de aquel helecho y que éste le pareciera como a nosotros una gigantesca palmera. Aunque esto acaso no sea así, ya que una hormiga puede subir y pasearse por un helecho como nosotros no podemos hacerlo por una palmera. Para un macaco trepador, un árbol colosal ha de ser muy otra cosa que es para nosotros.

Miré a Becadas. La villa, a la distancia, aparecíaseme cual una enorme tortuga roja--del color de sus tejados--con un cuerno, que era la torre de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos de flores en las galerías de madera y aquellas grandes piedras que sostienen estas galerías, piedras vivas, casi vegetales, que guardan el aire de la cantera. Que en esta tierra de encinas pétreas la piedra suele tomar ternuras de madera.

Se ha dicho que en la literatura castellana apenas hay paisajes, pero sin demasiada paradoja cabría retrucar que apenas hay en ella más que paisaje, que los hombres del «Poema del Cid» o los del «Romancero» son como encinas o como rocas, de recio leño o de piedra tierna. Y de un paisaje sin agua. Pues el agua es como la conciencia del paisaje; las alamedas de la orilla del río, las alisedas, los saucedales, se ven a mismos en el agua y se reconocen, y hasta un mogote de roca, un berrueco de granito, se ve y adquiere conciencia de en una charca que duerme a su pie. Pero en las tierras sin agua hasta los hombres no son más que paisajes, pintura de Dios. ¡Pero qué pintura!

Mas allí, en Becedas, al pie de la sierra, cerca de las fuentes del Tormes, hay agua. ¡Agua! «¡Mar! ¡mar!», clamaron los diez mil griegos de la famosa retirada que inmortalizó Jenofonte cuando, después de terrible peregrinación por agostados páramos del Asia Menor, divisaron la azul línea serena del Ponto Euxino o Mar Negro. Pero aquí no se trata ya del agua del mar.

En el viejo «Poema del Cid» se habla de las veces que el héroe castellano, enjuto y seco, atravesó el Duero: se nos dice de unos moros muertos en batalla junto a un río que bebían agua amidos, es decir, contra su voluntad, y se nos cuenta de cuando a las hijas del Cid, maltratadas por sus maridos que las dejaron atadas a unos árboles, les llevó agua su primo en el sombrero. ¡Agua de beber! Agua no para mirarse en ella, sino para beberla. En estos campos, de ríos no navegables--algunos se secan en el estío--el agua no une a los pueblos, sino que los separa. Y esto cuando no se pelean por su aprovechamiento. Y viniendo a otra cosa, ¿es que no hay paisaje en Santa Teresa? Interior y exterior.

II

Muchas veces se ha hecho notar, y especificándolo con ejemplos, cómo el campo, el paisaje castellano en que se crió y con que se crió entra en la obra de la doctora mística. El castillo de las «Moradas» es la ciudad de Ávila, con sus murallas y los cubos de éstas, es la maravillosa ciudad que tiene que mirar al cielo. Y las metáforas de que suele servirse la santa son metáforas de pequeño campo doméstico, de huerta familiar, no de panorama.

Ningún gran paisajista lo ha sido de vastos panoramas. Quiero decir ningún gran paisajista pintor. Que entre literatos Rousseau y Senancour nos dieron la impresión de los Alpes y Chateaubriand la de las vastas riberas de los grandes ríos de la América del Norte. Pero el genuino paisaje es de pequeños rincones. Allí es donde se coge el alma del campo. Un solo árbol mirándose en una charca en medio de un solemne desierto es algo de lo más grande con que se puede encontrar un hombre que lo sea de veras por dentro. Lo que no le diga aquel ermitaño de leño florido no le dirá ninguno de carne y hueso. Aunque el árbol es de hueso--de leño--y de carne, o sea de hoja, de carne verde y palpitante.

El pequeño campo doméstico y familiar, la huerta casera, le sirvió a Santa Teresa de Jesús para metáforas en que dió carne a su doctrina mística. ¿Pero es que el campo mismo, la pintura de Dios, es más que un ramillete de metáforas o toda una metáfora? El universo visible es una metáfora del invisible, del alma, aunque nos parezca al revés.

Santa Teresa de Jesús se servía de metáforas caseras y de huerto familiar como Jesús mismo, educado en casa de un maestro de obras, de un constructor de casas--que esto y no carpintero tan sólo es lo que de José dice el Evangelio--se sirvió de metáforas del arte de edificar, como lo de la piedra angular y otras. En la obra de la santa de Ávila se ven esas dulces huertas interiores de esta tierra grave y tan llena de roca, de hueso. Aquí, en esta tierra, se comprende lo que es eso del jardín interior del alma, del jardín cercado y con su humilde noria.

¡Esos jardincillos enjaulados en medio de una ciudad polvorienta y en ruinas! ¡Esos arbolillos presos, domesticados, que alzan su copa por sobre tapias medio derruidas! Y todo ello es metáfora.

«¡Pinta de memoria!»--me dijeron de un pintor, y repliqué: «todo pintor pinta de memoria». Todo pintor pinta de memoria, hasta lo que está viendo; pinta un recuerdo. Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen. A las veces su recuerdo presente. El artista ve recuerdos y por eso ve anticipaciones y es un profeta. Vamos al museo a recordar el campo, pero vamos al campo a recordar el museo. Todo artista pinta de memoria. Quien no lo hace es una cámara obscura, una máquina fotográfica, pero no lo hace porque no teniendo alma no tiene memoria. Y aun ésta...

Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo que pasa de que mira al modelo a que tiene que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Éste es un aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta todo conocer--lo sabía ya Platón--es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora.

Los pueblos salvajes que no han dibujado nunca, que no han hecho dibujos, no ven nada en los dibujos. Se les da una fotografía y no saben por dónde mirarla. Y es dudoso que un gato que mire la pintura de un gato, su propio retrato, vea nada en él. Y no ve nada en él porque no es capaz de metaforizar. La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y metafórica.

Y hay paisajes que conviene mirarlos a menudo en ayunas y aun con algo de sed. Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se tienden al pie de la Peña de Francia, en la provincia de Salamanca, y aunque la angustia--¡y era grande!--me privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación estética exige, nunca comprendí mejor su metáfora. Porque hubo momentos en que creí que se me iba a parar el corazón o a estallárseme o a cuajárseme la sangre. Y a la angustia física se me unió la angustia moral, la angustia religiosa, más aún, la angustia metafísica.

El campo es una metáfora.