Los olivos de Valldemosa
RECUERDO DE MALLORCA
A Pilar Montaner de Sureda.
Esa montaña costera de Mallorca, esa brava sierra florecida con que se yergue la roqueta para mirarse en el mar en que parece mezclarse su sangre, sangre de zafiro, con la sangre nacarada del cielo, es como una ermita en que rocas y árboles hacen la sabrosa penitencia de aspirar, retorciéndose, a Dios. Las cigarras, ebrias de sol, estremecen el cielo y la tierra con su chirrido, brezando la siesta ensoñadora del mar.
Blanquerna renunció el pasado para ir ahí, a Miramar de Valldemosa, a hacer penitencia en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias, contemplando la gloria de Dios junto a una capilla antigua y a una bella fuente en una celda bella. De noche abría las ventanas de ésta--así nos lo dice el iluminado Ramón Lull, la cigarra loca del dios del Mediterráneo--para ver el cielo y las estrellas, y comenzaba su oración como más devotamente podía para que su alma estuviese con Dios y sus ojos en lágrimas y lloros. Lágrimas que le brotaban con la pureza con que brota de la roca el agua de manantial; lágrimas que eran lluvia del cielo, del alma. Y Blanquerna entonó allí, al modo de los sufíes que tienen palabras de amor y ejemplos abreviados y que dan al hombre gran devoción, el canto del Amigo y del Amado. Y le pedía a Dios que, así como llena al sol de resplandores, le llenase de amor el corazón.
Los penitentes olivos de Valldemosa, los olivos ermitaños de Miramar, se acuerdan de Blanquerna, cuyos suspiros cernieron con su follaje antes de que fuesen a acostarse y anegarse en el mar de zafiro. Y si alguna vez, vencidos por la pesadumbre de los años, los olvidan, recuérdanselos las cigarras, que narran la gloria del Señor. Las cigarras chirrían estremecidas en la ermita de Mallorca, diciendo: Gratias agimus tibi, Domine, propter magnam gloriam tuam.
Las rocas y los árboles aspiran allí a una vida más alta, a una vida de conciencia contemplativa. Aquellas rocas de las encantadas calas, las que con el canto estremecido de sus colores enloquecieron al pobre Mir, fingen extraños monstruos que no son sino la aspiración a un cuerpo en que encarne un alma contemplativa. Aquellos acantilados que cuelgan sobre el mar y que parecen carnes desolladas al vivo, desgarradas por el cilicio y las disciplinas, hacen la sabrosa penitencia de buscar a Dios. Hanse desollado así para que el sol les penetre en las entrañas. Y esas entrañas rocosas de la roqueta de Mallorca están llenas de ventrículos, de recónditas celdas donde el agua sueña y forja también cuerpos que aspiran a la conciencia.
Aquel olivo que lleva su copa como una enorme cornamenta enramada y se tiene en el suelo con sus cuatro patas; aquel olivo como un monstruo paleontológico, ¿es que se agarra a la roca o es que quiere desprenderse de ella?
Esos olivos han vivido, y como todo lo que ha vivido y no sólo vegetado, tienen su historia. Y como todo lo que ha vivido y tiene historia son yos, son personas, cada una de ellas con su fisonomía, con su carácter, con su alma. Ancianos ermitaños, cobran esos olivos toda su alma como los hombres la cobran, cuando las arrugas les surcan la frente, cuando las mejillas se les retuercen, cuando las barbas les blanquean, cuando tiene cada uno sus pliegues. Que no sin honda razón estética siempre que se representa a un hombre que vivió en la historia y llegó a viejo, represéntasele en su vejez más que en su mocedad. El retrato de mocedad sólo tiene valor para el amor que no entiende de historias y que en vez de vivir vegeta.
Junto a Santa María, en el llano de esa roqueta de Mallorca, vi un almendral que es para el arboricultor una maravilla. Están los almendros en correctísima formación, como un regimiento bien instruido y disciplinado, guardando escrupulosamente la fila. Y todos son iguales, exactamente iguales, aquellos reclutas de la arboricultura. Cada uno con sus tres grandes ramas; todos bien esponjados para que el sol llene sus copas. Puesto uno en una fila y enfilándolos con la mirada sólo ve al primero, que cubre por entero a los demás de la fila. Y dan sus almendras, que no son las aceitunas amargas de los viejos olivos ermitaños de Valldemosa. Y aquellos almendros reclutas, disciplinados, uniformes, alineados, de Santa María, no aspiran a la conciencia. Verdad es que tampoco ven al mar, espejo de los ojos del Señor.
Decía Rusiñol de esos olivos que son como ciertos poetas que se retuercen y atormentan y contorsionan el magín para parir un soneto, y así ellos se retuercen, atormentan y contorsionan para dar aceitunas. Pero es que en una amarga aceituna se sabe más a la conciencia de una vida más alta que no en una dulce almendra. Y en un soneto puede ir toda una alma torturada.
¿Pero sufren al retorcerse así? No, no sufren. Esos retorcimientos son como las penitencias de Blanquerna en los altos montes y en compañía de los árboles, de los pájaros y de las bestias; esos retorcimientos son como la queja del chirrido de las cigarras. Es el amor al sol, que toma formas de penitencia y de maceraciones.
Como aquellos ermitaños envejecidos en buscar a Dios, no les queda a los olivos más que los huesos, la piel y la cabellera. Y tampoco la roqueta, la gran ermita ermitaña que es Mallorca, tiene sino huesos, huesos de roca, atezada piel y frondosa cabellera de árboles. Olivos, almendros, higueras, algarrobos, pinos, encinas... nacen de la roca. Y es la roca como rayos de sol en largos siglos cristalizados. Sorbiendo, embebecido, por los ojos la fulgurante hermosura de las rocas costeñas de Mallorca, ocurrióseme fantasear si no serán esas rocas estalagmitas de la lluvia de rayos de sol que de continuo gotea sobre el mar de la isla de oro.
Aquel enorme dragón de la Foradada, que retorciéndose se vuelve a mirar a tierra cuando va a sumergirse en el mar y así se queda, espiando, receloso, el bosque de Miramar, deja ver en el fondo de su ojo al cielo tocando al nacarado océano. Y nos habla de los monstruos de la Odisea. Porque aquél es el mar homérico, el mar de color de vino, el de Escila y Caribdis, no el mar tenebroso de Camoens, el de Adamastor.
Aquellos viejos olivos cenobitas, cartujanos, oyeron los suspiros de Blanquerna y habían oído también los alaridos de las huestes de Jaime el Conquistador. Y oyeron los gritos que lanzaban Cabrit y Basa en el castillo de Alaró cuando a manos de Alfonso de Aragón pereció la breve independencia del fugitivo reino de Mallorca. Aquellos olivos saben Historia. Y no la saben los almendros disciplinados del regimiento arbóreo de Santa María. Los unos son cenobitas, los otros son mercenarios.
¿Se acuerda usted, amiga mía, cuando tendidos allí, sobre la roca, al pie de un árbol, entre aquellos cenobitas vegetales, usted, su marido, Gabriel Alomar y yo veíamos al sol acostarse entre los nácares de la lontananza del mar latino? ¡Mediterráneo! Es ya de por sí un verso adónico para cerrar tres sáficos endecasílabos, como decía Alomar. Y un momento parecía como si el último asomo del sol, su coronilla, fuese la cumbre de una roca que se alzase allá, a lo lejos, donde el mar coge por fin y sujeta al cielo y le pone pecho sobre pecho domeñándole. Desde allí, desde donde se oculta a nuestros ojos el Sol, puede parecer, al ocaso, la isla de oro, la roqueta de las cigarras y los olivos, otro sol que se acuesta en su sangre azul.
Dejándose embriagar por la luz del cielo de Mallorca, del cielo más que del Sol--que es un cuajaron de aquella luz--, como de él se embriagan las estremecidas cigarras, ermitañas de los olivos, se comprende que Blanquerna renunciase al papado para darse a la vida de ermitaño.
«Que el consuelo de morir sin pena bien vale la pena de vivir sin consuelo».
Así reza un cartelito a las puertas de las celdas de los ermitaños de la Trinidad en Miramar de Valldemosa. Pero eso no es sino expresión litúrgica ermitaña, porque allí no se vive sin consuelo ni en pena. Allí el alma se retuerce poco a poco, sin retortijones ni dolores, soñando en la muerte, en Dios, en el sueño inacabable.
El pobre Rubén Darío, en acaso su última temporada de alguna paz y de ilusión de enmienda, en la que pasó en la que fué Cartuja de Valldemosa, huésped del generoso Juan Sureda, visitó en la ermita de la Trinidad a un anciano ermitaño que se había ido allí a acostarse, a morir. Y el poeta que tan exquisitas olivas, llenas de óleo de consuelo, nos ha dejado en sus amargos cantos, pensó en lo que pudo haber sido y no fué. Y allí más abajo, junto al mar, en los lomos de la Foradada, queda aún entre unas piedras el humo del fuego que encendió el poeta para cocinar un arroz, ataviado él en tanto de cocinero. El humo ése acabará por borrarse y acabará por desaparecer toda la cocinería del gran poeta, y cuando nadie pruebe de sus arroces literarios, quedarán las generosas aceitunas poéticas, henchidas de óleo de consuelo, que nos ha dejado en cantos como aquél que en Valldemosa, en la que fué morada del abad de la Cartuja, dedicó a ésta.
Sólo el que con el alma recogida ha oído en silencio el chirriar de las cigarras estremecidas de sol en las copas de los viejos olivos cenobitas de Valldemosa, puede aprovechar la lección espiritual de la roqueta de Mallorca, vasta estalagmita de la lluvia de luz del cielo sobre el mar latino.