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Galicia

A mis amigos de Pontevedra Torcuato Ulloa, Víctor Said Armesto e Isidro Buceta dedico este poema que ellos vieron nacer.

Tierra y mar abrazados bajo el cielo mejen sus lenguas, mientras él entre montes de pinares tranquilo sueña, y Dios por velo del abrazo corre sobre sus hijos un cendal de niebla.

Ondea palpitando el seno azul del novio, y a su aliento la verde cabellera de la novia se mece; de castaños, de pinos y de robles, de nogueras, y rubio vello del maíz dorado que a la brisa marina se cimbrea.

Frunce el ceño la novia en Finisterre, que broncos mocetones alimenta; yergue desnudo el cuello en el naciente, espalda a espalda con Asturias recia, y alza la frente blanca, cimas de rocas que las nubes besan y que por ver el seno del amante hacia el cielo se elevan.

Vuelto él en nubes hasta el cielo se alza, derrítese de amor, su jugo suelta, y lenta la llovizna va empapando a la tierra, y corre por los ríos fecundantes, ceñidos de alisedas, nuevamente del mar al seno siempre joven, henchido siempre de pujanza nueva.

Por un resquicio azul desde la altura se ríe el sol de fiesta, e irisa con sus rayos la llovizna, y la obra le completa.

El mar que duerme en las tranquilas rías buscando acaso olvido a sus tormentas, se consume de sed del agua dulce que de las cimas llega, y mira al Ulla, al Lérez, y en las fuentes que el bosque esconde sueña. Sed es de la dulzura que su amargor consuela; sed de los besos húmedos que ella le manda de sus hondas selvas, sed de las fuentes que entre los castaños, de la roca revientan.

Como lenta caricia el Miño manso desciende restregándose en sus vegas, y el Lérez, demorándose en «salones», en lecho de verdura se recuesta. El Sar humilde, tras cortinas de árboles sus aguas cela, cantando de la dulce Rosalía cantos de amor y queja, y en honda cama de granito pasa el Sil asceta.

Desde un verde rincón de la robleda la verde melodía de la gaita como un arrullo avivador se eleva, y al reclamo de amor languidecidos, Tierra y Océano más y más se aprietan. Susurra gravemente a sus oídos siempre la misma cántiga, la eterna, para que olvide de sus duros partos las repetidas pruebas, y el dolor de vivir con su canturía poco a poco le breza.

Hormiguean los hijos de este abrazo por valles, costas, montes y laderas, y de sus nidos hacia el cielo sube el humo del hogar como una ofrenda.

Mozas con ojos que la vida encienden, a la espalda mellizas rubias trenzas, con las plantas desnudas tibio calor prestándole a la tierra, enhiestos senos que al andar trepidan, firmes cual moldes y anchas las caderas, y unos brazos rollizos, que con la misma ciencia ciñen el cuello a su hombre, cunan al niño entre canciones tiernas, o en los campos desiertos de varones el azadón manejan. Una raza de madres, varonas que a sus hijos alimentan, y a las veces, de colmo, amamantan ideas, o al lado de sus hombres ofician de contienda. Rinden culto a la vida, y entrambos mundos pueblan.

Esta raza los árboles, las ánimas, con pánico fervor venera, y palpitan druídicos misterios bajo sus oraciones evangélicas. Pasan en estantigua los que fueron, en larga noche negra, y obedecen los santos a conjuros de brujas y hechiceras.

Trabajan rudamente y zumban consolándose en las penas; ríen y lloran a la vez, burlándose por modo de defensa; o acaso afilan de los «hermandiños», en silencio y con trágica paciencia, las hoces vengadoras.

Allende el padre mar, más que pobreza codicia o hambre de oro les lanza a las Américas, y como un dedo la herculina torre un trabajoso «más allá» les muestra. Por cima de la tumba de la Atlántida, do acaso sus abuelos les esperan, pasan soñando y brezando con aires de la tierra, mimosos, verdes, la morriña céltica. Se funden sus canciones con el canto del mar, de que salieran, y al mar de olas celestes sus almas van con ellas.

Y al mar, para consuelo, su terriña apretada aguardándoles se queda.

Desde su altar, ceñido de altas torres de granítica piedra, que ennegrecieron lluvias seculares, fomento de leyendas, Santiago peregrino, penate de esta tierra, con sus conchas marinas revestido, sonriendo contempla ese abrazo de amor que nunca acaba, mientras en él se mezclan de la madre de Cristo, su madre, a los recuerdos, los de la madre Venus, y remembra su romería, cuando Pan y Cristo, guiones a su vera, por la vía de leche que cruza las estrellas, desde la Tierra Santa le trajo Prisciliano de la diestra.