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Frente a Ávila

En esto se nos apareció Ávila, Ávila de los Caballeros, Ávila de Santa Teresa de Jesús, la ciudad murada. (Nuestros lectores argentinos la conocerán, si no por otra cosa, por la novela de E. Rodríguez Larreta La gloria de D. Ramiro y acaso por alguna reproducción del retrato que de él hizo Zuloaga y en que aparece como fondo la maravillosa ciudad castellana, la de los castillos que son los torreones o cubos de sus murallas). Se nos apareció Ávila, según a ella íbamos por la carretera que la une con Salamanca, y se nos apareció encendida por el rojo fulgor del ocaso del sol que abermejaba sus murallas, en una rotura de un día aborrascado.

El ceñidor de las murallas de la ciudad subía a nuestros ojos; a un lado de él, fuera del recinto de la urbe la severa fábrica de la basílica de San Vicente, y en lo alto, dominando a Ávila, la torre cuadrada y mocha de la catedral. Y todo ello parecía una casa, una sola casa, Ávila la Casa.

Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles. ¿Cuántos?

«¿De qué época datan estas murallas?»--nos preguntó uno de los que nos acompañaba en el auto cuando surgió a nuestra vista la claridad de Ávila.

No supimos contestarle. Además esas murallas datan de muchas épocas. ¡Y no queríamos pensar en tiempo; queríamos, más bien, olvidar el tiempo; íbamos a Ávila a olvidar el tiempo, o mejor dicho, a matarlo! Y matar el tiempo es resucitarlo.

No hace mucho leíamos en una revista argentina esta pregunta que se les hacía a algunas personas: «¿En qué época quisiera usted haber vivido?». Cada cual respondía según sus aficiones y alguno contestó que de aquí a diez años. Nosotros contestaríamos que en todas las épocas. Y mirando a Ávila ceñida por sus murallas, pensábamos vivir en todas las épocas, fuera de tiempo, desde la edad troglodítica hasta la otra edad troglodítica, la que ha de volver para el linaje humano.

¿Conoce el lector el terrible canto de Carducci Sobre el Monte Mario y aquella su visión final del fin del linaje humano? Pero... dejemos esto y volvamos a Ávila.

Una ciudad así, murada y articulada, es una ciudad. Tiene unidad, tiene fisonomía, tiene alma. Londres, en cambio, o Nueva York, no puede ser una ciudad nunca. El que en Londres tenga alma de ciudadano tiene que albergarla en un barrio. Londres no puede ser una casa.

El que esto os dice se sentiría solo y solitario, aislado, en una urbe como la de Londres y aun mucho menor. Hasta en Madrid experimenta la tristeza de la urbe extensa. Es como si se me mandase escribir sobre una mesa puesta en medio de la Galería de Máquinas de París o de la iglesia de San Pedro de Roma. Mejor en medio del campo. En medio del campo, al aire libre, , pero no en un tan vasto recinto cubierto. En una choza , sintiendo cerca el recinto, bien ceñido.

Abarcábamos toda Ávila de una sola mirada y comprendimos lo que se puede querer a una ciudad así y cómo puede ser patria. Atenas fué patria y no lo fué Babilonia. Y Ávila es, además, un convento. Y aun casi la celda de un convento.

Se entra en la ciudad por puertas, pasando bajo un dintel de piedra, como se entra en una casa. A la puerta principal de entrada le flanquean dos robustos torreones, dos cubos de la muralla. Y cuando dentro del recinto murado, en el centro de la ciudad, se encuentra alguna plaza parece que ésta se ensancha en su pequeñez. ¡Esas plazuelas apacibles y sosegadas que se abren dentro del recinto conventual de una eterna--no ya vieja--ciudad castellana! ¡Esas plazuelas por las que han resbalado siglos de instantaneidad cotidiana!

¡Lo cotidiano! Lo de todos los días, lo que fué de los trogloditas prehistóricos y será de los trogloditas posthistóricos, lo de todos los tiempos, eso sólo se gusta y se paladea en estas viejas ciudades. Y veis al mismo mendigo que pintó Velázquez.

¿En qué época quisiera haber vivido? ¡En todas! Cierto que siento predilección por la Edad Media y por la época de la Revolución Francesa, pero todas las edades son medias y en todas hay revolución.

Cuando se nos apareció de pronto Ávila de los Caballeros, hace pocos días, surgiendo de las berroqueñas tierras de Castilla, íbamos meditando en la revolución que está pasando ahora por España. Y en Ávila, como en un espejo histórico, queríamos descubrir nuestro porvenir revolucionario. Sus murallas eran un símbolo.

Nos acercábamos a Ávila y al día 25 de este mes de octubre de 1921. ¿Qué es esta fecha? Nada; una superstición.